—“Gracias pero voy tarde».
Del cuento «Sólo un minuto».
—“Sólo un minuto, no es nada”.
—“Está bien, un minuto y me voy”.
¿Alguna vez te has detenido a pensar en todo lo que ocurre en un minuto? ¿En todo aquello que empieza o termina en tan solo 60 segundos? Es muy poco tiempo para que pase algo ¿no? ¿Qué tantas cosas pasarán?
Yo empecé una lista:
1. Te quedas un ratito más en la cama.
2. Cambia el semáforo.
3. Saludas a alguien.
4. Llegas tarde.
5. Pasa un accidente.
6. Pierdes tu vuelo.
7. Te tomas un shot.
8. Te tomas tu medicamento.
9. Recibes una llamada.
10. Das un abrazo.
Podría seguir agregando más y más cosas a la lista e intentar adivinar las que tú estarás pensando. Y sin darnos cuenta… ya le habríamos dedicado más de un minuto a esto.

@Madrid, España
Photo by Jeannie
No recuerdo haberme detenido a pensar en esto antes. Bueno, no hasta ese día. El día en el que yo caracterizaba una mezcla del Conejo Blanco y Alicia del País de las Maravillas. Tenía prisa, iba tarde, no paraba de voltear a ver el reloj y aún así, dejé todo para irme a perseguir mi curiosidad. En cuestión de segundos mi versión de «Alicia Blanco», a pesar de sufrir del Síndrome de «No Tengo Tiempo«, se atrevió a hacer una pausa para tomar el té con el personaje más importante de este cuento. Y no, este personaje no tenía nada que ver ni con el Sombrerero Loco ni con la liebre que lo acompaña. Tampoco con el Gato Risón o con la Reina de Corazones. Se trataba de alguien más importante todavía.
¿Recuerdan a Diana el gatito de Alicia y a su hermana o maestra con quienes se encuentra al inicio y final de la película animada? Bueno, si me preguntan a mi, yo considero que estos dos personajes son la clave de esta historia. Si no es por Diana, Alicia jamás se entera de la existencia del Conejo Blanco, y sin la hermana, Alicia no se levanta a tiempo para merendar. Es por eso que la combinación de Diana y la hermana representarían a la persona más importante de mi cuento, al Señor Luis.
Todo empezó cuando estaba yo caminando junto a la acera y él me detuvo para pedirme un minuto de mi tiempo. Mi lado conejo me atormentaba con un “Es tardísimo. Estoy aquí y debería estar allá”, pero mi lado Alicia me convencía con un “Ha de ser algo muy importante”, y para no hacer el cuento más largo, terminé aceptando. Y así como Diana le abre los ojos a Alicia, el Señor Luis me hizo ver algo que no había visto antes. Y tal como la hermana le enseña una lección, él me despertó para dejarme un aprendizaje.
«Si se supone que somos los dueños de nuestro propio tiempo, ¿entonces porqué no tendría un minuto para mi?».
Jeannie
La cosa fue que antes de aceptar su invitación, casi me ahogo en un mar de dudas. ¿Un minuto? ¿Y para qué quiere un minuto? ¿Y si se me hace tarde por su culpa? Probablemente sólo me va a hacer perder el tiempo. Pero, ¿Y si me quedo literalmente un minuto y me voy? ¿De verdad no tengo UN minuto? ¿Qué tan cierto o falso es que no tengo tiempo? Si se supone que somos los dueños de nuestro propio tiempo, ¿entonces porqué no tendría un minuto para mi? Para esto. Para regalárselo a él. Y a todo esto… ¿qué es un minuto?
Así que empecé a darle vueltas y más vueltas al asunto. Veamos, si lo comparo con los 1440 que tenemos a lo largo del día, un minuto no es nada. Pero, cuando ese minuto se transforma en el beso más esperado, el abrazo de despedida o el último respiro de la persona que tanto amamos, ese minuto se convierte en todo. Entonces, si hay minutos que no son nada y minutos que son todo, quiere decir que existen varios tipos de minutos. Así que para tratar de aclarar mis pensamientos definí cuatro:
– LOS PERDIDOS. Son los minutos que te dejan con un sentimiento de no haber hecho nada a pesar de haber hecho algo. Son insignificantes. Los desperdiciados. Aquí no pasa nada emocionante. Por ejemplo: cuando te quedas tirado en el sillón.
– LOS QUE PASAN. Son los minutos que te consumen. Aquí sucede algo que te ocupa o requiere de tu atención y concentración, y para cuando acuerdas, el tiempo pasó. A veces los disfrutas, pero no siempre es así. Por ejemplo: cuando lees, estudias o trabajas, vas manejando o platicas con alguien.
– LOS ETERNOS. Siguen siendo minutos ¡pero parecen horas! Aquí, para bien o para mal, el tiempo se congela. En la mayoría de ellos esperamos. Puede ser tan mágico como trágico. Por ejemplo: cuando estás en el dentista, haces fila para el baño o cuando abrazas a alguien después de mucho tiempo sin verse.
– LOS ABSOLUTOS. Son todo. Son los minutos inolvidables. Los que nos cambian la vida y quisiéramos eliminar o volver a vivir. Los que nos marcan. De ellos nacen nuestros mejores y peores recuerdos. Por ejemplo: la muerte de un ser querido, una propuesta de matrimonio, el llanto de un bebé al nacer o cuando decimos las palabras que le alegran o parten el corazón a alguien.
Si tuviera que definir el tipo de minuto que me detuve a platicar con el Señor Luis, diría que fue uno absoultamente eterno. Porque a pesar de que fue un simple minuto, lo recuerdo como la media hora que jamás olvidaré, como el pequeño instante en el que me invitaron a la fiesta de té, me dieron mi regalo de no cumpleaños y recibí una lección importantísima.
De no haber sido por este personaje quizás nunca me habría detenido a pensar en el tiempo y su verdadero valor. Probablemente seguiría diciendo puras incoherencias como que no tengo tiempo cuando paso tres horas al día saltando de una red social a otra viendo videos de gente que no conozco y compartiendo imágenes que me parecen chistosas. Estaría distraída en mi mundo pensando en dónde, con quién y qué debería de estar haciendo ahora mismo en lugar de estar atenta a lo que pasa a mi alrededor. Seguramente seguiría viendo mi reloj con ojos de «se me acaba el tiempo” en lugar de verlo como una alarma o un recordatorio para usar mi tiempo de manera consciente y ser más astuta con él. Pero la buena noticia es que nada de eso es así, porque desperté a tiempo.
-«El tiempo se nos va. ¿Y en qué se nos va? en un constante «tengo prisa».
Jeannie
Desperté para darme cuenta que si tenemos tiempo. Tenemos un minuto y más. El problema está en que no lo distribuimos bien o se lo dedicamos a las personas incorrectas, y hay que empezar por corregir esta parte. Cuando administramos bien nuestro tiempo nos alcanza y hasta nos sobra. La cosa es que al final del día, lo usemos como lo usemos, el tiempo se nos va. ¿Y en qué se nos va? en un constante “tengo prisa”. Y todo por abusar de él llenando nuestra agenda de cosas que no nos gustan hacer. Todo por no saber priorizar y no organizarnos como deberíamos.
Hay que saber hacer una pausa para pensar en qué estamos gastando nuestro tiempo. Desmentir esa idea que tenemos de que no tenemos ni un minuto porque, si realmente no nos alcanzara el día, no tendríamos tiempo para “un episodio más”. De esa manera entenderíamos que un minuto es un nuevo comienzo, el momento en el que las cosas se cancelan, se concretan o cambian, y lo veríamos como una nueva oportunidad. Viviríamos conscientes de que en este mismo instante está pasando todo y nada. Sabríamos que este minuto es ahora. Y lo más importante, que él no tiene control sobre nosotros sino nosotros sobre él. Hay que saber todo esto para que a la próxima nos demos un minuto o hasta más, pues no sabremos cuál es el tipo de minuto que estamos viviendo hasta que sea cosa del pasado.
Justo ahora tengo tiempo. Y como tengo tiempo y no quiero perder ni un segundo, te digo lo que diría mi lado conejo “Yo ya me voy, si me hablan ya no estoy”.
Y si tú también tienes tiempo… haz con el lo que se te dé la gana.
THE TALE
El otro día, cuando pasaba por la misma calle que solía pasar a diario para ir del estacionamiento a la oficina en la que trabajaba en ese entonces, algo pasó.
Iba igual que siempre: con el cabello empapado, con mil cosas en las manos y tarde como de costumbre. Eran las 9:00AM y el día había arrancado completamente igual a todos los demás, pero el minuto en el que su reloj y el mío se alinearon, el día tomó otro rumbo.
Coincidió que ese día, justo cuando pasaba por enfrente de la casa del señorsito que me recordaba a mi abuelo y que todos los días me saludaba, él se encontraba en las escaleras del porche. Siempre me deseaba un buen día a lo lejos, desde la puerta, pero ese día él estaba más cerca. Tan cerca que alcanzó a bloquearme el paso y sacarme algo de plática:
— «Buenos días güerita».
— «Buenos días, ¿cómo amaneció?».
— «Bien gracias a Dios aquí estamos. ¡Pásele a hacer una oración!».
— «Muchas gracias de verdad pero no tengo tiempo, voy tarde al trabajo».
— “Pásele ándele. Le quiero regalar algo».
— “Muchas gracias pero voy tarde, mejor a la próxima».
— “Ándele. Sólo un minuto, no es nada”.
— “Mmmh… Está bien, un minuto y me voy”.
Obviamente no fue sólo un minuto, pero todos y cada uno de esos minutos valieron la pena.
Me detuvo para hacerme dos invitaciones. La primer invitación era a pasar a su porche a tomar un rosario de la torrecita que tenía debajo del Cristo enorme de barro, yeso o ve tú a saber. Ese era mi regalo. Entonces pasé, lo tomé, le agradecí, y cuando estaba bajando las escaleras para irme me vuelve a detener… “¿Y la oración?». «Ah si, la oración» le respondí.
Acá entre nos dudo mucho que él y yo hagamos el mismo tipo de oración. El es muy católico y yo pues… A ver, crecí en colegio de monjas y en una familia católica. Creo que existe algo superior a nosotros pero si a esas vamos, también creo en los duendes, las hadas y las brujas. Me gusta pensar que venimos de vidas pasadas. Me la vivo revisando mi carta astral. Confío en el Universo, me mueve la energía y obviamente no me pierdo mi horóscopo semanal. Para que se den una idea pienso que todas las religiones e ideologías tienen un lado manipuladísimo por el hombre, pero también creo que tienen un poquito de verdad.
Retiro lo dicho. No dudo. Estoy segura de que él y yo no oramos igual. No sé cómo lo haga él, pero para mi orar puede ser detenerme a respirar siendo consciente del aire que inhalo y exhalo, ponerme a observar detenidamente todo lo que está a mi alrededor, dar gracias o sólo juntar mis manos y dejar de pensar. En fin, el punto es que él me invitó a hacer una oración y si eso lo iba a hacer feliz, yo con gusto lo haría. Así que oré. Entonces pasamos a la segunda invitación. Me invitó a que pasara a desayunar al día siguiente antes de entrar al trabajo ahí en su casa para que conociera a su esposa.
El tiempo seguía pasando. Ya tenía 10 minutos ahí. Ahora si iba, no tarde, sino tardísimo. Pero ese minuto que pasaba se convirtió en un minuto eterno, en una serie de momentos mágicos. Se convirtió en un desayuno acompañada de una pareja hermosa con más de 50 años de casados que me demostró lo que es el verdadero amor a través de los años. Se transformó en la historia que me permitió revivir el cariño de una pareja de abuelos que no dejaban de llenarme el plato de fruta, ofrecerme chocolates y frutos secos en bolsitas para que me llevara al trabajo y de preocuparse e interesarse por mi. Se volvió un curso lleno de lecciones con el objetivo de aprender a valorar el tiempo. Y fue ahí donde aprendí que un minuto aunque muchas veces no parezca nada, puede llegar a ser todo, y que por eso debo de estar atenta a las manecillas del reloj y disfrutar de cada segundo que pasa.

NO TE VAS A ARREPENTIR
El día que me dijeron que no me iba a arrepentir. Y me arrepentí.
NO PINTES CON ESE MISMO COLOR
Me estaba proyectando a vivir un año sin cambios pero el comentario atinado lo cambió todo.







Todos en el fondo llevamos algo de Jeannie