SÓLO UN MINUTO

—“Gracias pero voy tarde». 
—“Sólo un minuto, no es nada”.
—“Está bien, un minuto y me voy”.

Del cuento «Sólo un minuto».

¿Alguna vez te has detenido a pensar en todo lo que ocurre en un minuto? ¿En todo aquello que empieza o termina en tan solo 60 segundos? Es muy poco tiempo para que pase algo ¿no? ¿Qué tantas cosas pasarán?

Yo empecé una lista:
1. Te quedas un ratito más en la cama.
2. Cambia el semáforo.
3. Saludas a alguien.
4. Llegas tarde.
5. Pasa un accidente.
6. Pierdes tu vuelo.
7. Te tomas un shot.
8. Te tomas tu medicamento.
9. Recibes una llamada.
10. Das un abrazo.

Podría seguir agregando más y más cosas a la lista e intentar adivinar las que tú estarás pensando. Y sin darnos cuenta… ya le habríamos dedicado más de un minuto a esto.

«Again… time elapsed». – Carolyn Keene
@Madrid, España
Photo by Jeannie

No recuerdo haberme detenido a pensar en esto antes. Bueno, no hasta ese día. El día en el que yo caracterizaba una mezcla del Conejo Blanco y Alicia del País de las Maravillas. Tenía prisa, iba tarde, no paraba de voltear a ver el reloj y aún así, dejé todo para irme a perseguir mi curiosidad. En cuestión de segundos mi versión de «Alicia Blanco», a pesar de sufrir del Síndrome de «No Tengo Tiempo«, se atrevió a hacer una pausa para tomar el té con el personaje más importante de este cuento. Y no, este personaje no tenía nada que ver ni con el Sombrerero Loco ni con la liebre que lo acompaña. Tampoco con el Gato Risón o con la Reina de Corazones. Se trataba de alguien más importante todavía.

¿Recuerdan a Diana el gatito de Alicia y a su hermana o maestra con quienes se encuentra al inicio y final de la película animada? Bueno, si me preguntan a mi, yo considero que estos dos personajes son la clave de esta historia. Si no es por Diana, Alicia jamás se entera de la existencia del Conejo Blanco, y sin la hermana, Alicia no se levanta a tiempo para merendar. Es por eso que la combinación de Diana y la hermana representarían a la persona más importante de mi cuento, al Señor Luis.

Todo empezó cuando estaba yo caminando junto a la acera y él me detuvo para pedirme un minuto de mi tiempo. Mi lado conejo me atormentaba con un “Es tardísimo. Estoy aquí y debería estar allá”, pero mi lado Alicia me convencía con un “Ha de ser algo muy importante”, y para no hacer el cuento más largo, terminé aceptando. Y así como Diana le abre los ojos a Alicia, el Señor Luis me hizo ver algo que no había visto antes. Y tal como la hermana le enseña una lección, él me despertó para dejarme un aprendizaje. 

«Si se supone que somos los dueños de nuestro propio tiempo, ¿entonces porqué no tendría un minuto para mi?».

Jeannie

La cosa fue que antes de aceptar su invitación, casi me ahogo en un mar de dudas. ¿Un minuto? ¿Y para qué quiere un minuto? ¿Y si se me hace tarde por su culpa? Probablemente sólo me va a hacer perder el tiempo. Pero, ¿Y si me quedo literalmente un minuto y me voy? ¿De verdad no tengo UN minuto? ¿Qué tan cierto o falso es que no tengo tiempo? Si se supone que somos los dueños de nuestro propio tiempo, ¿entonces porqué no tendría un minuto para mi? Para esto. Para regalárselo a él. Y a todo esto… ¿qué es un minuto?

Así que empecé a darle vueltas y más vueltas al asunto. Veamos, si lo comparo con los 1440 que tenemos a lo largo del día, un minuto no es nada. Pero, cuando ese minuto se transforma en el beso más esperado, el abrazo de despedida o el último respiro de la persona que tanto amamos, ese minuto se convierte en todo. Entonces, si hay minutos que no son nada y minutos que son todo, quiere decir que existen varios tipos de minutos. Así que para tratar de aclarar mis pensamientos definí cuatro:

– LOS PERDIDOS. Son los minutos que te dejan con un sentimiento de no haber hecho nada a pesar de haber hecho algo. Son insignificantes. Los desperdiciados. Aquí no pasa nada emocionante. Por ejemplo: cuando te quedas tirado en el sillón. 
– LOS QUE PASAN. Son los minutos que te consumen. Aquí sucede algo que te ocupa o requiere de tu atención y concentración, y para cuando acuerdas, el tiempo pasó. A veces los disfrutas, pero no siempre es así. Por ejemplo: cuando lees, estudias o trabajas, vas manejando o platicas con alguien.
– LOS ETERNOS. Siguen siendo minutos ¡pero parecen horas! Aquí, para bien o para mal, el tiempo se congela. En la mayoría de ellos esperamos. Puede ser tan mágico como trágico. Por ejemplo: cuando estás en el dentista, haces fila para el baño o cuando abrazas a alguien después de mucho tiempo sin verse.
– LOS ABSOLUTOS. Son todo. Son los minutos inolvidables. Los que nos cambian la vida y quisiéramos eliminar o volver a vivir. Los que nos marcan. De ellos nacen nuestros mejores y peores recuerdos. Por ejemplo: la muerte de un ser querido, una propuesta de matrimonio, el llanto de un bebé al nacer o cuando decimos las palabras que le alegran o parten el corazón a alguien. 

Si tuviera que definir el tipo de minuto que me detuve a platicar con el Señor Luis, diría que fue uno absoultamente eterno. Porque a pesar de que fue un simple minuto, lo recuerdo como la media hora que jamás olvidaré, como el pequeño instante en el que me invitaron a la fiesta de té, me dieron mi regalo de no cumpleaños y recibí una lección importantísima.

De no haber sido por este personaje quizás nunca me habría detenido a pensar en el tiempo y su verdadero valor. Probablemente seguiría diciendo puras incoherencias como que no tengo tiempo cuando paso tres horas al día saltando de una red social a otra viendo videos de gente que no conozco y compartiendo imágenes que me parecen chistosas. Estaría distraída en mi mundo pensando en dónde, con quién y qué debería de estar haciendo ahora mismo en lugar de estar atenta a lo que pasa a mi alrededor. Seguramente seguiría viendo mi reloj con ojos de «se me acaba el tiempo” en lugar de verlo como una alarma o un recordatorio para usar mi tiempo de manera consciente y ser más astuta con él. Pero la buena noticia es que nada de eso es así, porque desperté a tiempo.

El tiempo se nos va. ¿Y en qué se nos va? en un constante «tengo prisa».

Jeannie

Desperté para darme cuenta que si tenemos tiempo. Tenemos un minuto y más. El problema está en que no lo distribuimos bien o se lo dedicamos a las personas incorrectas, y hay que empezar por corregir esta parte. Cuando administramos bien nuestro tiempo nos alcanza y hasta nos sobra. La cosa es que al final del día, lo usemos como lo usemos, el tiempo se nos va. ¿Y en qué se nos va? en un constante “tengo prisa”. Y todo por abusar de él llenando nuestra agenda de cosas que no nos gustan hacer. Todo por no saber priorizar y no organizarnos como deberíamos. 

Hay que saber hacer una pausa para pensar en qué estamos gastando nuestro tiempo. Desmentir esa idea que tenemos de que no tenemos ni un minuto porque, si realmente no nos alcanzara el día, no tendríamos tiempo para “un episodio más”. De esa manera entenderíamos que un minuto es un nuevo comienzo, el momento en el que las cosas se cancelan, se concretan o cambian, y lo veríamos como una nueva oportunidad. Viviríamos conscientes de que en este mismo instante está pasando todo y nada. Sabríamos que este minuto es ahora. Y lo más importante, que él no tiene control sobre nosotros sino nosotros sobre él. Hay que saber todo esto para que a la próxima nos demos un minuto o hasta más, pues no sabremos cuál es el tipo de minuto que estamos viviendo hasta que sea cosa del pasado.

Justo ahora tengo tiempo. Y como tengo tiempo y no quiero perder ni un segundo, te digo lo que diría mi lado conejo “Yo ya me voy, si me hablan ya no estoy”. 
Y si tú también tienes tiempo… haz con el lo que se te dé la gana.


  1. Avatar de Steph

THE TALE

El otro día, cuando pasaba por la misma calle que solía pasar a diario para ir del estacionamiento a la oficina en la que trabajaba en ese entonces, algo pasó.

Iba igual que siempre: con el cabello empapado, con mil cosas en las manos y tarde como de costumbre. Eran las 9:00AM y el día había arrancado completamente igual a todos los demás, pero el minuto en el que su reloj y el mío se alinearon, el día tomó otro rumbo.

Coincidió que ese día, justo cuando pasaba por enfrente de la casa del señorsito que me recordaba a mi abuelo y que todos los días me saludaba, él se encontraba en las escaleras del porche. Siempre me deseaba un buen día a lo lejos, desde la puerta, pero ese día él estaba más cerca. Tan cerca que alcanzó a bloquearme el paso y sacarme algo de plática:

— «Buenos días güerita».
— «Buenos días, ¿cómo amaneció?».
— «Bien gracias a Dios aquí estamos. ¡Pásele a hacer una oración!».
— «Muchas gracias de verdad pero no tengo tiempo, voy tarde al trabajo».
— “Pásele ándele. Le quiero regalar algo».
— “Muchas gracias pero voy tarde, mejor a la próxima».
— “Ándele. Sólo un minuto, no es nada”.
— “Mmmh… Está bien, un minuto y me voy”.
Obviamente no fue sólo un minuto, pero todos y cada uno de esos minutos valieron la pena.

Me detuvo para hacerme dos invitaciones. La primer invitación era a pasar a su porche a tomar un rosario de la torrecita que tenía debajo del Cristo enorme de barro, yeso o ve tú a saber. Ese era mi regalo. Entonces pasé, lo tomé, le agradecí, y cuando estaba bajando las escaleras para irme me vuelve a detener… “¿Y la oración?». «Ah si, la oración» le respondí.

Acá entre nos dudo mucho que él y yo hagamos el mismo tipo de oración. El es muy católico y yo pues… A ver, crecí en colegio de monjas y en una familia católica. Creo que existe algo superior a nosotros pero si a esas vamos, también creo en los duendes, las hadas y las brujas. Me gusta pensar que venimos de vidas pasadas. Me la vivo revisando mi carta astral. Confío en el Universo, me mueve la energía y obviamente no me pierdo mi horóscopo semanal. Para que se den una idea pienso que todas las religiones e ideologías tienen un lado manipuladísimo por el hombre, pero también creo que tienen un poquito de verdad.

Retiro lo dicho. No dudo. Estoy segura de que él y yo no oramos igual. No sé cómo lo haga él, pero para mi orar puede ser detenerme a respirar siendo consciente del aire que inhalo y exhalo, ponerme a observar detenidamente todo lo que está a mi alrededor, dar gracias o sólo juntar mis manos y dejar de pensar. En fin, el punto es que él me invitó a hacer una oración y si eso lo iba a hacer feliz, yo con gusto lo haría. Así que oré. Entonces pasamos a la segunda invitación. Me invitó a que pasara a desayunar al día siguiente antes de entrar al trabajo ahí en su casa para que conociera a su esposa.

El tiempo seguía pasando. Ya tenía 10 minutos ahí. Ahora si iba, no tarde, sino tardísimo. Pero ese minuto que pasaba se convirtió en un minuto eterno, en una serie de momentos mágicos. Se convirtió en un desayuno acompañada de una pareja hermosa con más de 50 años de casados que me demostró lo que es el verdadero amor a través de los años. Se transformó en la historia que me permitió revivir el cariño de una pareja de abuelos que no dejaban de llenarme el plato de fruta, ofrecerme chocolates y frutos secos en bolsitas para que me llevara al trabajo y de preocuparse e interesarse por mi. Se volvió un curso lleno de lecciones con el objetivo de aprender a valorar el tiempo. Y fue ahí donde aprendí que un minuto aunque muchas veces no parezca nada, puede llegar a ser todo, y que por eso debo de estar atenta a las manecillas del reloj y disfrutar de cada segundo que pasa.

Photo by Jeannie

CAMBIO DE JUGADA

—“Nos están cambiando los planes y nos los están cambiando rápido”.
—“Hubo cambio de jugada Mate. Yo ya me iba”.
—“Yo te entiendo. Lo que te está pasando es normal a todo lo que pasa pero, ¿qué vas a hacer? es mi pregunta”. 

Del cuento «Cambio de jugada»

Nos cambiaron los planes sin si quiera preguntarnos si estábamos de acuerdo. Dieron el en sus marcas, listos y nos faltó el ¡fuera! Nosotros estábamos por arrancar, pero en el último minuto… pararon todo.

«Teníamos nuestra maleta lista y estábamos con un pie en el aeropuerto» – Jeannie
Photo by Jeannie

Por nosotros me refiero a quienes ya teníamos todo preparado. A quienes teníamos nuestra maleta lista y estábamos con un pie en el aeropuerto, a quienes se habían mentalizado a dar el “Sí, acepto» en el día más esperado de sus vidas, a los que estaban a punto de firmar contrato con la compañía que tenían años persiguiendo, a quienes iban a festejar su cumpleaños a lo grande, a los que están por traer a sus bebés al mundo y planeaban celebrarlo en familia, a aquellos que tenían en la mano el boleto del evento por el cual estuvieron ahorrando cada centavo, a los que estaban a punto de volver y a los que ya se iban a ir. Pero si a esas vamos, también están los que tenían sus planes como los nuestros pero justo ahora se encuentran en un hospital. ¿Qué quilombo no?

Hablo de toda la gente que tenía planes A, B, C, hasta D y ahora ninguno de los cuatro aplica. Y en eso recuerdo las palabras que me dijo mi amigo Mate en la conversación que tuvimos con mi versión de Shenny argentina: “No se sabe nada que va a pasar, es todo una incertidumbre”. Y me pregunto: ¿realmente estamos listos para tanta incertidumbre? ¿somos lo suficientemente flexibles como para aceptar tanto cambio una y otra vez? ¿qué haremos con toda esta frustración?

Entonces pensé y volví a pensar hasta que mis propias palabras resonaron en mi cabeza: “Hubo cambio de jugada”. Y ¿qué es lo que hacemos cuando nos cambian la jugada? Primero, nos adaptamos. Después, le damos la vuelta. 

Para hacer eso tendríamos que verlo como un juego como cuando éramos niños. Seguro si fuéramos esos chiquititos que fuimos alguna vez no nos preocuparíamos tanto. Incluso apostaría a que lo veríamos como un reto, una aventura en este camino para llegar a la isla del tesoro escondido.

Eso es, lo convertiría en un juego. El juego sería planear mi viaje a esa isla y estas serían las instrucciones: 

  1. Agarrá una hoja.
  2. Escribí cuatro formas de llegar a la isla. 
  3. Agregá una más. (Que sea emocionante, algo que suene medio loco.) 
  4. Eliminá los dos más aburridos.
  5. Eligí los mejores dos.
  6. Escribí al reverso de tu hoja, en grande, un plan A y por si acaso el plan B.
  7. Ahora. (Poné atención que esta parte es crucial.) Decíle a un amigo que agarre tu hoja, que la haga bolita y que te la aviente a la cara.
  8. Después, empezá una guerra de bolitas ¡y divertíte!

-«La clave, está en cómo vamos a reaccionar».

Jeannie

No esperabas eso, ¿cierto? Eso es lo que pasa. Llegamos y nos postramos frente a la vida para mostrarle los planes que tanto nos costó definir ¿y qué es lo que hace la vida con ellos? nos los tira en la cara. No nos damos cuenta de que la vida es todo eso que pasa mientras estamos sentados haciendo planes, y para bien o para mal, ni nos enteramos de que la vida sigue pasando con o sin ellos. Son nuestros propios planes los que nos frustran realmente, los que nos revolotean las emociones, los que nos impiden apreciar lo que tenemos de frente, los que nos convierten en ciegos y nos hacen enojarnos porque esto no estaba en mis planes. Pero, siempre hay espacio para un pero más, aquí es donde empieza la parte emocionante de este juego, cuando llega lo inesperado y nos cambia la jugada. Y la clave, está en cómo vamos a reaccionar.

Mate me dijo: “Tranquila boluda, tranquila. No ganás nada volviéndote loca”. Y es por ahí por donde hay que empezar para poder reaccionar sabiamente. “Ahora enfocáte. Al principio puede ser medio shockante pero no es tan complicado”. Y acordamos qué era lo que seguía, “Hay que darle la vuelta”.  

Le damos la vuelta cuando empezamos a diferenciar nuestras necesidades de nuestros deseos, cuando empezamos a esperar y a aceptar el ahora no es. Cuando logramos entender que no todas las respuestas son inmediatas, gestionamos la frustración y dominamos la paciencia. Cuando tenemos la cabeza en el juego y nada más.

Y así, cuando empezamos la partida con la incertidumbre, le buscamos la vuelta a los cambios de jugada. Y el juego continúa y qué mejor que continue. Así que por un momento, dejemos de viajar al futuro, disfrutemos del juego y vivamos el hoy. 
Pero ahora con todo esto, ¿qué vas a hacer vos? es mi pregunta. 


  1. Avatar de Steph

THE TALE

Vuelvo a escuchar mis audios con mi amigo argentino Mate y me muero muerta de la risa. 

El otro día le mandaba audios a Mati donde hacíamos todos los cálculos posibles. Él me estaba ayudando a ordenar mis ideas, a ver mis opciones y a definir el mejor plan. Al final de la conversación ya sabía cómo iba a mover las piezas de este juego. (JA pobre ilusa).

Pensamos en todo. Definimos la estrategia para el plan A y luego para el Plan B con todos los escenarios habidos y por haber. Ahora que lo pienso fué divertido pero en su momento fue reestresante. Si alguien me hubiera dicho que de nada iba a servir tanto tiempo y tanto quebrarme la cabeza planificando, mejor me hubiera echado a ver una peli.

— “Está todo complicado. Nos están cambiando los planes y nos los están cambiando rápido”. 
— “Hubo cambio de jugada Mate. Yo ya me iba”.
— “
Así está todo el mundo y yo te entiendo. Lo que te está pasando es normal a todo lo que pasa. No te vuelvas loca que sólo a vos. Ahora enfocáte. Buscále la vuelta. Pero, ¿qué vas a hacer? es mi pregunta”. 
— “Por ahora esa fecha ya está, a menos que el destino lo cambie”.
— “Ya tendrás tiempo. No es tan complicado. Al principio es shockante todo pero basta de viajar al futuro. Vos viví el hoy. Voy a hacer esto, esto y esto. Después bueno, lo que pase se ve en el momento pero todo paso a paso. Todo junto no se puede. Tenés que pensar las bases, pero tranquila boluda, vos tranquila. No ganás nada volviéndote loca. Pensá con claridad. Hablá con alguien”.

Y el destino lo volvió a cambiar todo. Planeaba regresar a casa y no regresé. Planeaba irme a lo de una amiga y no me fuí. Plan que hacía, plan que se volvía inservible al día siguiente. Inviable. Incoherente. Inadecuado. Inaplicable. Indeciso. Incendiable. Incendio. Incendiar… ¡Encendiada! Encendida estaba yo del revoloteo de emociones que tenía en mi interior. Me costaba ver cómo mis planes se deshacían como hoja de papel en fuego y estaba tan abrumada por el “porqué a mi”, que me tardé en darme cuenta que no era la única.

Algo estaba pasando acá, pero fue gracias a esta plática con Mati que hoy, tres semanas después, me doy cuenta que no valió la pena tanto estrés y ahora me consta que nunca lo va a valer. Así que a la próxima, mejor me lo tomo más relajada, me divierto en el momento y lo tomo como un juego. 


OTHER TALES

SÓLO UN MINUTO

El día que iba tarde, tenía prisa pero el tiempo se detuvo para darme una lección.

LO DEJO A TU ELECCIÓN

«¿Te paso mi teléfono? Así si algún día quieres ir a tomar algo me llamas.»
«Mmhh… bueno porqué no.»
“Anótalo. Lo demás… lo dejo a tu elección.
Y se fue.

Del cuento «Lo dejo a tu elección»

Me preguntaba qué era lo que me había llamado tanto la atención de Abdeel. ¿Qué había pasado a enseñarme? ¿Porqué no podía sacarme de la cabeza el momento de su aparición? ¿Porqué habiendo tanta gente llegó precisamente conmigo?

«La vida y sus excusas para llevarme a los mejores lugares cuando más lo necesito.»
@Louvre Paris, France
Photo by Jeannie

¿Acaso era su coraje? ¿Esa valentía de presentarse así como si nada y hacerle una invitación a una desconocida? Mmmh no, eso ya lo hago. ¿Su impredecibilidad? Tampoco, ser predeciblemente impredecible es parte de mi esencia. Pero si no era nada de eso, entonces… ¿qué era?

Hasta que todo empezó a hacer sentido. Tenía que aprender a ser más como él. A aparecer y desaparecer a tiempo. A ir, venir y fluir con el viento. A ser y dejar ser. A elegir y dejar elegir. Pero lo que realmente tenía que aprender era a aplicar en mi vida diaria esa palabra que no dejaba de repetir: A DEJAR.

Cuando me percaté de su ausencia ya estaba completamente paralizada. Me congelé al ver mi propia reacción de despreocupación mientras sostenía su invitación en mis manos, pues normalmente este tipo de situaciones lo único que suelen generar en mi son ataques de ansiedad y mucho estrés. Estaba asustada de lo libre que me sentía y todo gracias a la absurda cantidad de poder que un desconocido había depositado en mi. Sentía seguridad, una fuerza imparable corriendo por mis venas, y ese mismo sentimiento fue el que me hizo recuperar movimientos. Ahí, lo entendí todo.

Entendí que para ser más como Abdeel tenía que dejar muchas cosas:

– Dejar que los demás elijan libremente.
Algo así como la invitación de Abdeel. Sin compromisos, sin presiones, sin expectativas. Algo que transmita un “Hola. Vengo a dejarte una invitación. Te invito a aceptarla si quieres, a rechazarla si así lo que deseas, a ignorarla si no te interesa o a hacerla a un lado porque sé que tienes tus prioridades como yo tengo las mías. Por cierto, no espero nunca una invitación tuya de vuelta. Así que si llegas a responder está bien, y si no también.” ¡Y ya! Así de simple. ¿Te imaginas lo bonito que sería que a todos nos dejaran elegir de esta manera?

-«Si llegas a responder está bien, y si no también.»

Jeannie

– Dejar de luchar por el poder.
Abdeel llegó, puso su poder en mis manos y cuando lo soltó, ni dudó de ello ni me lo pidió de vuelta. Y creo que eso es algo que a muchos nos falta porque cuando compartimos el poder, lo hacemos a medias. Dejamos a los demás decidir bajo condiciones o limitantes, los orillamos a que decidan lo que nosotros queremos influyendo en sus respuestas o incluso manipulándolos y cuando ellos deciden, nos quejamos del resultado. Y no debería de ser así. Tendríamos que entender que el poder de elección cuando se entrega, se entrega. Y ahora que lo pienso, me parece más poderoso aquel que comparte el poder, en comparación con ese que no lo comparte.

– Dejar el miedo a perder. 
Yo estaba ahí en el lugar y momento exacto. Para Abdeel era un ahora o nunca y como bien dice el dicho: «el que no arriesga no gana”, pero lo que no nos dicen es que el que no arriesga pierde y se pierde de mucho. No tengo la menor idea de si Abdeel haya sentido que ganó algo, pero lo que sí es que no perdió. No se perdió en el «hubiera», no perdió una oportunidad, no perdió su dignidad y tampoco perdió el tiempo. Por eso pienso hacer lo mismo que él con las oportunidades que tenga de frente. Voy a apostarle a todas y cada una de ellas, pero en lugar de apostar a ganar, apuesto a no perder. Porque así, ya habré ganado.

-«Lo que no nos dicen es que el que no arriesga pierde y se pierde de mucho.»

Jeannie

De ahora en adelante lo dejaría todo. Empezaría por ir a dejar invitaciones en los buzones de los demás sin voltear a ver si obtuve respuestas. Dejaría de presionar y sofocar las cosas y dejaría que se dieran como se tengan que dar. Dejaría que cada quien decida lo que quiera ser y hacer sin tomarlo mal o convertirlo en algo personal. Dejaría que se vaya quien se quiera ir y le daría la bienvenida a quien quiera llegar. Dejaría los lugares en los que nada tengo que estar haciendo. Dejaría de querer controlar lo que no está bajo mi poder. Y habiendo dejado todo eso, iba a dejar una última cosa: me dejaría llevar por el momento. 

Al final, esa fue mi elección. Elegí tomar a ese desconocido que apareció y desapareció de mi vida en un instante como ejemplo. Y así como él sin nada más que hacer aquí, me voy. Pero antes te entrego esta invitación donde te invito a dejarlo todo. Lo demás… ¡lo dejo a tu elección!.


  1. Avatar de Steph

THE TALE

Estaba sentada afuera del museo de Louvre. A mi diagonal izquierda estaba la pirámide y a mi diagonal derecha, a lo lejos, la Torre Eiffel. Esperaba a que la amiga de una amiga terminara de visitar a la Mona Lisa para acompañarla a caminar por la ciudad. (La vida y sus excusas para llevarme a los mejores lugares cuando más lo necesito.) 

Mientras ella llegaba yo filosofaba. Escuchaba a la pareja ya mayor de edad sentados a un lado mío hablar sobre su juventud y veía al montón de gente que estaba ahí admirar la grandeza del Palacio. Respiraba. Simplemente estaba. Ida pero presente, tranquila pero pensante, hasta qué…

Le pedí que me repitiera tres veces lo que me estaba diciendo y a ninguna le entendí, así que mejor me disculpé en francés por no hablar francés (duh, ya estaba hablándolo). La plática siguió a como pude llevarla. Estaba con Abdeel, una persona de ese mar de gente que curiosamente estaba en ese mismo lugar a esa misma hora. Alguien que apareció frente a mi en su bicicleta para decirme quién sabe qué cosa y para entregarme una invitación.

“Ahora voy al Museo D’Orsay porque hay una exposición muy buena. ¿Me acompañas?»
“No gracias. Estoy esperando a mi amiga, acuérdate.»
“Bueno, ¿Qué te parece si te paso mi teléfono así si algún día quieres ir a tomar algo me llamas?»
«Mmhh… bueno porqué no.»
“Anótalo. Lo demás… lo dejo a tu elección.”
Y se fue.

Y fue así como un desconocido llegó no más de 10 minutos a mi vida para enseñarme un montón de cosas sin darse cuenta del impacto que iba a dejar en mi.

Si algo me gustó de la invitación de Abdeel fue que no esperaba nada a cambio, ni siquiera una respuesta. Y pienso que así deberían de ser todas las invitaciones. Sin enojos por falta de confirmación o cancelaciones de último minuto, sin hacer que los demás se sientan mal por rechazarlas, sin compromisos, sin más ni menos que una invitación a la libre elección. Y fue su invitación la que me dio la bienvenida a un mundo de lecciones que empezaría a aplicar en mi día a día.


OTHER TALES

CAMBIO DE JUGADA

Plan que hacía, plan que se deshacía. Me estaban cambiando la jugada sin parar. Estaba perdiendo la cabeza.

JE TE LAISSE LE CHOIX

«Bon, je te donne mon numéro et si jamais tu veux aller boire un verre, tu m’appelles. Ça te va?»
«Mmhh. Eh bien… pourquoi pas».
«Note. Pour le reste… je te laisse le choix«.
Puis, il a disparu.

Du conte «Je te laisse le choix»

Je me demandais ce qui avait tellement attiré mon attention sur Abdel. Après tout, qu’est-ce que j’étais destinée à apprendre de lui? Pourquoi je n’arrivais pas à me sortir cet homme de la tête? Pourquoi, alors qu’il y avait tant de monde, est-il venu vers moi?

«Dans les meilleurs endroits au moment où j’en ai le plus besoin.»
@Louvre Paris, France
Photo by Jeannie

Son courage? Sa bravoure? Cette façon d’aller vers une étrangère et de l’inviter juste comme ça? Mmmh non, je le fais déjà. Son imprévisibilité? Non, être prévisiblement imprévisible fait partie de mon essence. Mais, si ce n’était pas le cas, alors… qu’est-ce que c’était?

Et puis, j’ai eu le déclic. J’ai dû apprendre à être un peu plus comme lui. À apparaître et disparaître à temps. À aller, venir et laisser le vent me porter. À être et laisser être. À choisir et laisser choisir.Mais surtout: j’ai dû apprendre à lâcher prise.

Je n’ai même pas eu le temps de digérer ce qui venait de se passer. Au moment ou j’ai remarqué son absence j’étais entièrement paralysée. Je me suis figée à la vue de ma propre réaction insouciante même quand je tenais son invitation entre mes mains. Chose qui au lieu de m’exciter, d’habitude finit toujours par me provoquer une crise de stress et d’anxiété. À ce moment là, j’ai ressenti quelque chose que je n’avais jamais ressenti grâce à l’absurde quantité de pouvoir qu’Abdel m’avait donné. J’avais un sentiment de sécurité en moi, telle une force qui courait de mes pieds à ma tête, et c’est cette sentiment qui m’a permis de reprendre le contrôle de mes mouvements. Ensuite, j’ai tout compris.

J’ai compris que pour être un peu plus comme Abdel, j’allais devoir laisser tomber certaines choses:

– Laisse les autres choisir librement.
Comme l’invitation d’Abdel. Sans engagement, sans pression et sans attente. Quelque chose qui transmet un « salut! Je te laisse cette invitation. Je te laisse l’accepter si tu le veux, la rejeter si c’est ce que tu veux faire, l’ignorer si tu n’es pas intéressée et la mettre de côté si tu n’as pas le temps parce que je comprends que tu aies tes priorités comme j’ai les miennes. Il faut savoir que je n’attends pas de réponse de ta part, jamais. Alors, si tu réponds à cette invitation c’est bien. Et sinon, c’est bien aussi ». Juste comme ça, une invitation à décider librement. Peux-tu imaginer la beauté de choisir de cette manière?

-«Si tu réponds à cette invitation c’est bien. Et sinon, c’est bien aussi.»

Jeannie

– Laisse tomber l’ambition pour le pouvoir.
Abdel est venu, m’a laissé le pouvoir de décider entre mes mains et une fois qu’il me l’avait donné, n’a jamais douté de lui ni rien demandé en échange. Et je pense que c’est quelque chose qui nous manque à tous parce que nous partageons un pouvoir incomplet. Nous laissons les autres décider sous certaines conditions et limitations, nous les incitons à décider ce que nous voulons en influençant leurs réponses, en les manipulant. Et quand nous les laissons décider totalement, nous nous plaignons du résultat et ça ne devrait pas être comme cela. Nous devons comprendre que le pouvoir de faire des choix, lorsqu’il est donné, est donné. Et maintenant que j’y pense, je trouve que toute personne qui partage le pouvoir est plus puissante que celle qui ne le lâche pas.

– Laisser la peur de la défaite. 
J’étais là, à cet endroit et à cette heure précise. Pour Abdel c’était maintenant ou jamais, et comme le dit le proverbe «Qui ne risque rien n’a rien». Mais ce qu’ils ne nous disent pas, c’est que celui qui ne risque pas perd, et perd probablement beaucoup. Je ne sais pas si il avait l’impression d’avoir gagné. Peut-être qu’il a gagné confiance en lui, mais il n’a rien pu perdre. Il ne s’est pas perdu dans l’idée qu’avec des si on peut refaire le monde et il n’a pas non plus perdu sa dignité ou son temps. Et à partir de maintenant, j’ai l’intention de faire la même chose que lui en saisissant les opportunités qui se présenteront dans ma vie. Maintenant je vais parier sur chacune d’entre elles mais au lieu de parier pour gagner je parierai pour ne pas perdre, parce qu’au final, j’aurai déjà gagné bien d’autres choses.

-«Mais ce qu’ils ne nous disent pas, c’est que celui qui ne risque pas, perd, et perd probablement beaucoup».

Jeannie

À partir de ce moment, je me laisserai aller. J’irai déposer des invitations dans les boites aux lettres d’autres personnes sans regarder si l’une d’entre elles y répond. J’échapperai à la pression et à l’étouffement des choses et je comprendrai s’ils ne se déroulent pas comme je le souhaite. Je laisserai chacun décider et faire ce qu’il veut sans le prendre mal ou le prendre comme un échec personnel. Je laisserai partir ceux qui veulent partir et je recevrai avec plaisir ceux qui souhaitent entrer dans ma vie. Je délaisserai les endroits où je n’ai rien d’autre à y faire et je laisserai de côté le contrôle de ce qui n’est pas entre mes mains. Et après avoir fait tout cela, je vais m’abandonner à plus de spontanéité.

Finalement, j’ai choisi de prendre comme exemple cet étranger qui est apparu puis disparu de ma vie en un instant. Et tout comme lui, sans rien d’autre à faire ici, je m’en vais. Mais avant ça, je te laisse une invitation à t’abandonner à plus de spontanéité. Fais ce que tu veux avec, et pour le reste… je te laisse le choix.


  1. Avatar de Steph

LE CONTE

J’étais assis à l’exterieur du musée du Louvre. Sur ma diagonale gauche, la pyramide et sur ma diagonale droite, la tour Eiffel. J’attendais que l’amie d’une amie termine sa visite avec la Joconde pour l’accompagner découvrir la ville à pied (la vie trouve toujours des excuses pour m’emmener dans les meilleurs endroits au moment où j’en ai le plus besoin).

Pendant qu’elle terminait, je philosophais. J’écoutais le couple de personnes âgées assis à côté de moi parler de leur jeunesse. Je regardais la foule de gens qui était là en admirant la grandeur du Palais tandis que, je respirais, je vivais le moment présent. Délirante mais présente, calme mais pensive, jusqu’à son arrivée….

Je lui ai demandé de me répéter trois fois ce qu’il venait de me dire et que je n’avais pas compris. J’ai fini par m’excuser en français de ne pas parler suffisamment bien sa langue (duh, je parlais déjà français). La conversation s’est poursuivie comme le permettait mon pauvre niveau de vocabulaire. J’étais avec Abdel, un de plus dans ce monde qui se trouvait au même endroit et au même moment, quelqu’un qui s’est présenté devant moi sur son vélo pour me dire quelque chose que je ne comprenais pas et pour me donner une invitation.

«Maintenant je vais au musée d’Orsay parce qu’il y a une très bonne exposition, tu veux venir?
«Non merci. J’attends mon ami, rappelle-toi».
«Bon, je te donne mon numéro et si jamais tu veux aller boire un verre, tu m’appelles. Ça te va? «
«Mmhh. Eh bien… pourquoi pas».
«Notez. Pour le reste… je te laisse le choix».
Puis, il a disparu.
En me laissant la liberté totale de choisir.
C’est ainsi qu’un étranger est venu dans ma vie pendant 10 minutes ou moins pour me faire découvrir beaucoup de choses sans se rendre compte de l’impact qu’il allait avoir sur moi.

S’il y a une chose que j’ai aimée de l’invitation d’Abdel, c’est qu’il n’attendait rien en retour, pas même une réponse. Et je pense que toutes les invitations devraient être comme ça, sans colère par manque de confirmation ou d’annulation de dernière minute, sans que les gens se trouvent mal à l’aise de les rejeter, sans engagement, avec rien d’autre qu’une invitation au libre choix. Et c’est son invitation qui m’a accueilli dans un monde de leçons que je commencerais à appliquer dans ma vie de jour en jour.


DO YOU WANT TO TASTE MY ICE CREAM?

—“Hi! Do you want to taste my icecream?«
—“Sure! Why not?»

From the tale «Do you want to taste my icecream?»

One of the basic lessons we are taught as kids is «Never take candy from a stranger.» Now seriously, who would be stupid enough to accept a candy from a stranger? Ha-ha. Well… me. 

«The place where magic begins.»
@Florencia, Italia
Photo by Jeannie

Eat your greens, respect your elders and never take a candy from a stranger. We’ve heard these three life basics ever since we were little, but to be honest… I feel like my inner kid never really got the last one. 

First thing they tell me: “Don’t ever accept something from a stranger”. 
First thing I do: Take a sweet from a stranger.
Good one baby Jeannie!

And not only I do take a couple of spoonfuls from that stranger’s exotic-flavoured cup of ice cream, but I also start having a conversation with the stranger, laughing with him, even telling him about my life! Five minutes later… he’s not a stranger anymore. He’s Arthur, my new friend. 

I have this thing with strangers. Who are you? Why are our paths crossing? What is the message you are going to deliver to me? What are you going to teach me? What do you need from me? I mean, isn’t it exciting!?

-«I’ll trust you until you give me a reason not to».

Jeannie

THE WARNING!
Often, close friends approach me trying to warn me about people and their bad intentions, telling me to “trust no one” and suggesting I should mistrust before I trust, but that’s just not the way it works for me. Maybe I’m doing it the wrong way, maybe I’m playing it a bit risky, but I’d rather go with the flow than not go at all. I prefer to flow with an “I’ll trust you until you give me a reason not to”. And it’s dangerous, I know, but that’s also the place where magic begins. Therefore, this was probably not the last time I’ll be accepting a sweet from a stranger.

WHY TRY THE ICE CREAM?
First of all, why not? Second of all, if I never try what someone’s offering me, I’ll never be able to tell if it’s good or not. I’ll never get to know a stranger’s intentions until I let them come closer. When you don’t trust, you close the door to opportunities. You don’t let the bad come in. But neither the good.  
We grow up programmed not to trust. It’s a rule. But weren’t rules made to be broken? I mean. Don’t get me wrong. If this rule exists, its probably because someone did take candy from a stranger and it didn’t end up well. But not all rules apply to everyone, not always. At least not for me. I prefer thinking people are always trying to bring something good into my life. And so far they have!

-«I’m not taking every single piece of ice cream from every single stranger».

Jeannie

WHEN NOT TO TRY THE ICE CREAM!
We find it strange when someone is being nice to us, but let me tell you something: once you find it normal its AMAZING! (At least that’s what I can say from my experience). But also from my experience, I can tell that I’m not going to take every single piece of ice cream from every single stranger. Not all strangers are going to be good, but not all of them are bad. Now, if you’re going to trust them, let me tell you something: 

– Energy doesn’t lie. We are in control of our own energy but it definitely gets affected when it meets someone else’s. For good or bad when you connect, you connect and when you don’t, you don’t. When you feel an instant bond, there’s no lie in it however, but when you feel nothing but your energy being drained from you, it’s time to go before it’s too late.
– Trust your gut. Feel your feelings, listen to your intuition, pay attention to the signals your body sends. If you’re feeling uncomfortable, strange, anxious, scared, like something’s not right then, why the hell are you still there? You don’t exactly have to know the reason why. If you don’t feel like it, call it off! You should be excited, happy and feeling relaxed. Sweaty hands and nervousness? Get outta there! 
– Trust while being in balance. Listen to your heart and brain, but make sure you’re listening to them and not getting confused by the noise your fears, anxiety, prejudice or social norms are making; otherwise they’ll ruin everything and give you the wrong impression.

In my case, I’ve been feeling the vibes and paying attention to the signs and luckily, in a way, that led me to Arthur’s ice cream which ended up in a great story, amazing new friendship and a beautiful memory. And that made me realize: If I would’ve followed that 3rd life’s basic rules, I would have already missed meeting lots of incredible people and magical experiences I’ve had in my life. 

It’s all up to us.
And this is all up to me.
But now, would you try a strangers ice cream?


  1. Avatar de Steph

THE TALE

These thoughts are born in a scenario where I am standing in the middle of the night at an after party. My friend had just left, I had just come out of the toilets and was standing somewhere between the exit to start finding my way back home and the entrance back to the crowd. And just as the song says, I stood there wondering… “Should I stay or should I go?”.  But then I had this great idea. —I’m going back to the crowd, and if I find a reason to stay, I’ll stay.—

Ten steps later…
— “Hi! Do you want to taste my ice cream?
— “Um… What flavour is it?”
— “Pineapple with mint!”
— “What?! That’s a weird match no? Is it good?”
— “Yes! Wanna try?”
— “OH! Sure! Why not?

And so this is how my conversation with Arthur started.  Minutes later his friends were calling him from the distance, he introduced me to them and I realized I was not alone anymore. I was surrounded by amazing people, they were taking care of me and helping me find my way back home. Everything was going great, I was in good hands. I even got noticed that one of Arthur’s friends studied in the same city where I did my foreign exchange program. I was having lots of fun. How could it all have started with a stranger offering me some of his ice cream and me accepting it?
I remember stopping and thinking the night couldn’t get any better until something else happened. But that… that’s another story. 
(Linked to the story «You are my Angel!»)


NO PINTES CON ESE MISMO COLOR

—“Todo pinta a que puedo regresar y que todo esté igual».
—“Pues no pintes con ese mismo color, ya cámbiale”.
—“¿Tú crees?»

Del cuento «No pintes con ese mismo color»

En una caja con más de 3 opciones de azules, en una paleta de colores con 42 diferentes tonalidades de verdes y en un interminable mundo de amarillos, termino siempre con el mismo color. El mismo. 

«Y la mejor parte de todo… es que todo lo podemos crear.» – Jeannie
Photo by Sandra García

Me quejo de que mis desenlaces suelen ser los mismos. Que siempre “atraigo” al mismo tipo de personas, que vivo en un loop donde todo se repite, que “otra vez”, que «siempre es lo mismo», que todo sigue igual. Hasta que llego a un punto en el que me aloco y se me ocurre exigir resultados diferentes. Luego me calmo, respiro profundo, se me pasa, y pienso ¿Cómo fregados quiero que el cuadro que acabo de pintar sea distinto a todos los demás que ya pinté si no me atrevo a soltar el mismo color?

Entonces me planteo lo siguiente: 
– Imagina. Tienes un lienzo blanco frente a ti listo para que le des vida y te dan a elegir entre dos colores. Tu favorito y el café. ¿Cuál eliges? 
– Ahora. Tienes el mismo lienzo, pero ahora te dan a elegir entre tu color favorito y cualquier otro de una caja de 12 colores. ¿Cuál eliges?
– Última. Tienes el mismo lienzo, pero ahora te dan dos opciones: elegir uno de dos colores o elegir uno de 64. ¿Qué prefieres?
Bien. 

Si prefieres elegir entre dos colores: Eres una persona sin complicaciones. Te gusta la vida fácil. Todo rápido. Sencillo. Si no es Sí, es No punto.
Si prefieres elegir uno de 64: Eres libre como el viento. Quieres opciones. A veces te complicas la vida pero te gusta tomarte TU tiempo. 

En cuanto a los colores.
Si te fuiste por tu favorito: ¡Felicidades! Le eres fiel a tus gustos. Sabes lo que quieres.* Prefieres las cosas a la segura. (*Eso crees)
Si te fuiste por el café: ¿POOOR? (Es broma). ¡Felicidades! Te gusta probar cosas diferentes. Te sales de la rutina. Vives del “¿Porqué no?»
Si te fuiste por cualquier otro: ¡Felicidades! Eres arriesgado. Te gusta nadar en lo desconocido, aventurarte. Eres el «A ver qué sale” viviente.

-«Quiero ver todas las opciones porque es bueno tener opciones, ¿no?… ¿o no?»

Jeannie

En mi caso prefiero elegir uno de 64 pero elijo mi favorito. Quiero ver todas las opciones porque es bueno tener opciones, ¿no?… ¿o no?. Sí pero no tantas, algunas pero no todas… ya no sé. Me gusta tener opciones, no me quiero perder ninguna pero a veces tener tantas opciones me aterra. Me imagino que por eso termino siempre pintando con el mismo color, porque ya sé cual va a ser el resultado, porque es más fácil. Porque cuando quiero pintar, lo único que quiero es eso… pintar, pero si se me atraviesan 64 colores, incluso 12, o sólo 3, probablemente termine tardándome más de lo que tenía planeado por detenerme a elegir “el» color. Peligro y termine sin pintar por lo abrumada que estaré después de tantas opciones. 

Y no hablo literalmente del hecho de pintar, hablo también de la rutina diaria, en lo que como, en los lugares a los que voy, en las personas que veo, en mis actitudes y las actitudes de los demás hacia mi, en el hecho de tener años y años teniendo los mismos comportamientos, los mismos problemas. Hablo de la idea de sentirme atrapada en el mismo cuento. 

Pero son tantas mis ganas de pintar algo diferente que para eso creo que mi mejor opción es hacerle como me dijo Tere, dejar de pintar con el mismo color, cambiarle. Vencer la rutina y no dejarme desmotivar por la paradoja de la elección. Dejar a un lado ese miedo a lo desconocido. El poder ya lo tengo. La libertad de elegir también. Entonces ¿por qué volver a elegir el mismo color? Y al plantearme esta pregunta me doy cuenta que hay colores para todo. Algunos colores son más adecuados que otros para pintar un cuarto, para llamar la atención, para expresar seriedad, para comunicar alegría, para transmitir confianza. El chiste es aprender a pintar el cuadro con el color que vaya mejor en el momento. A lo mejor el resultado final no me va a encantar, o tal vez me va a fascinar, pero de entrada puedo estar 100% segura de que esta vez no va a ser el mismo. Que va a cambiar. 

Y la mejor parte de todo… es que todo lo podemos crear.
¿Y tú? ¿Te atreves a cambiar de color?


  1. Avatar de Steph

THE TALE

Estos pensamientos nacen de una pequeña conversación vía WhatsApp con una compañera de mi último trabajo. Ya tenía mi fecha de salida pero todavía no lo había comunicado oficialmente con todos porque no me encantan las despedidas, así que trataba de alargarlo lo más posible. Hasta que Tere me escribió…

— “Qué triste noticia me enteré”.
— “¡No quería que te enteraras! Te quería decir yo”.
— “¿Me ibas a decir hasta que te fueras verdad?”
— “¡No para nada!”
— “¿Porqué nos abandonas así?”
— “Pero lo bueno es que es por una buena razón”.
— “¿Te vas a buscar galán verdad?”
— “Pues a veeeer si así, porque todo pinta a que puedo regresar y que todo esté igual jajajaja”.
— “Jajajaja pues no pintes con ese mismo color, ya cámbiale”.
— “¿Tú crees?”
— “Ya no seas tan estricta”.
— “Lo voy a intentar”.

Y su respuesta se me quedó grabada para siempre. Sencilla, directa, sin tanta vueltereta. «Ya cámbiale». Me asusté de volver a leer lo que yo le había escrito. ¿Cómo que después de un año todo iba a estar igual? ¿Porqué tenía la cabeza tan programada a un final sin chiste? ¿De dónde salió esa expectativa tan pesimista? Estaba a punto de partir por un año a una gran aventura, a un salto a lo desconocido, y lo primero que se me ocurrió decir fue que después de ese año todo iba a seguir igual a mi regreso. JAJAJAJA poco sabía yo en ese entonces todo lo que me esperaba. Lo bueno fue que apareció Tere en el momento exacto, con las palabras correctas para recordarme que existe más de un color con el cual podemos pintar.


OTHER TALES

CAMBIO DE JUGADA

Plan que hacía, plan que se deshacía. Me estaban cambiando la jugada sin parar. Estaba perdiendo la cabeza.

NO TE VAS A ARREPENTIR

—“Está bien, me voy por el que tú dijiste».
—“No te vas a arrepentir, te lo prometo”.
Y justo en ese momento… supe que lo haría.
 

Del cuento «No te vas a arrepentir»
“Mi rueda cambió de dirección y yo estoy siguiendo esa dirección.” – Cielo, Casi Ángeles
@Plaza Mayor, Madrid, España.
Photo by Jeannie

Suelo ser muy firme en mis decisiones. Siempre segura de lo que quiero y si no lo estoy, siempre lista para correr el riesgo, asumir mi responsabilidad y declararme 100% culpable. Pero ¿qué pasa cuando llega alguien más y te hace dudar? Cuando esa decisión ya no es tuya del todo. Cuando aparece un tercero y empiezas a temblar. ¿Tendría que culpar a la otra persona por haber influido en mi decisión? ¿Empezar a ignorar las opiniones y recomendaciones de los demás para no entrar en la duda? ¿Tendría que empezar a taparme los oídos de ahora en adelante para evitar que esto me vuelva a pasar? 

Pero por supuesto que sí, porque si esa persona no lo hubiera hecho nada de esto hubiera pasado. 
Pero claro que no, porque sólo quiso compartirme su punto de vista.
Pero fue su culpa, me hizo dudar.
Pero yo lo permití.
Pero, pero, pero…

Pero nada, tendría que aprender la lección: a arrepentirme sin culpar, ni a la otra persona ni mucho menos a mi misma. A recordar que para toda causa existe un efecto, y que constantemente estaré frente a situaciones donde tendré que elegir una de muchas opciones y que el resultado no siempre me va a gustar, pero lo que si, que siempre tendré la oportunidad de volver a elegir. 

En esta historia no me arrepentí de la decisión en si o de haberle hecho caso a esa persona, me arrepentí de hacerle caso a ella antes que a mi, de dejarme en segundo plano. No suelo arrepentirme seguido, pero cuando no me hago caso me arrepiento y mucho.
Nos arrepentimos porque dejamos de hacer una cosa para hacer otra, y es normal. Lo importante es elegir conscientemente, ponerle atención al corazón y escuchar nuestra intuición, preguntarnos: esta decisión ¿me da paz? ¿me satisface? Porque si no estamos conscientes en ese momento, el “hubiera” existe, y ese hubiera sin querer queriendo nos va a atormentar toda la vida. Incluso llego a pensar que ahorita mismo no estaría ni dandole tantas vueltas al tema ni buscando culpables, pero como el hubiera sí existe, se me va el día pensando en todo lo que pudo haber pasado. ¿Porqué decidí eso? ¿porqué no pensé esto otro desde un inició? ¿porqué no me esperé? ¿porqué no lo hice antes? y miles de porques más. 

Quería regresar el tiempo, un poquito nada más, cambiar mi elección. Pero ahora me enfrento a otra situación. Esta vez dudo más, ya no sé si estoy tan segura como suelo estarlo, ya no sé si quiero correr el riesgo y en cierta forma, la situación vuelve a ser la misma: tengo que volver a decidir. Decidir entre seguir arrepentida y ya no estarlo, y esta vez, decido ya no estarlo. 

-«La última palabra la tengo yo».

Jeannie

Decido que a veces voy a dejar que los demás influyan en mis decisiones, pero estoy consciente que esas decisiones seguirán siendo mías y de nadie más. Decido que si hago o dejo de hacer algo es responsabilidad mía. Decido detenerme el tiempo que sea necesario para tomar decisiones en base a lo que dicte mi corazón. Aprendo. Aprendo a escucharme a mi antes que a los demás y reafirmo que la última palabra la tengo yo. Aprendo a apostar por mi, siempre por mi. Y mientras gano esas apuestas, sigo decidiendo.

De ahora en adelante mis decisiones son conscientes, De ahora en adelante me arriesgo más, me arrepiento cuando tengo que hacerlo y cuando el «hubiera» aparece es sólo para confirmar que hubiera tomado la misma decisión una y otra vez, pero ya no me detengo. Y si me detengo, lo hago sin arrepentirme.

Y tú, ¿Cuántas veces confiaste en alguien más pero las cosas no salieron bien? ¿Hay algo de lo que te arrepientas? ¿tomas decisiones al aire o conscientes? ¿cuántos “hubiera” te atormentan?
Te leo.


  1. Avatar de Steph

THE TALE

Estos pensamientos nacen de un cuento muy absurdo, muy cualquiera, insignificante, pero así como nació esta historia, nació un sentimiento de arrepentimiento, de duda, culpa; que me hicieron pensar un poco las cosas para la próxima. 

Me encuentro en la taquilla del Teatro Colliseum en Madrid un sábado por la tarde en un viaje improvisado de un fin de semana. Había investigado sobre los precios y las butacas disponibles para el musical de Anastasia para llegar a la ventanilla sobre lo que tenía en la mira. Estaba feliz, feliz, fe-liz porque por fin se me iba a hacer.  Piso Madrid y lo primero que quiero hacer es correr al teatro para asegurarme de tener el boleto en mis manos. Llego a comprarlo, pregunto por el asiento que tenía en la mira y…

—“Hola, ¿está disponible el asiento 5 de la fila 2?”
—“Sí, pésimo lugar. Por 4 euros más tienes un mejor lugar. Está en el segundo piso pero es asiento 11 en la fila 5. Está más al centro y se ve mejor”.
—“Mmmh ay no sé. Pero el otro está mas cerca”.
—“Claro pero lo ves de lado”.
—“Fuck. ¿Qué hago?”. Digamos que esta pregunta realmente era para mi pero se me ocurrió hacerla en voz alta. 
—“Yo me iría por el otro”.
Pensé, bueno, si ella trabaja aquí y conoce el teatro, ella tiene que tener la razón. Vamos a confiar.
—“Está bien, me voy por el que tú dijiste».
—“No te vas a arrepentir, te lo prometo”.
Y justo en ese momento… supe que lo haría.

Musical Anastasia @Teatro Colliseum.

Me encantó la obra, lloré al final. Pero realmente no sabía si estaba llorando porque todo el musical me la pasé pensando en que si estuviera en el asiento que quería inicialmente podría ver detalladamente los vestuarios y las expresiones de los actores, porque me acababa de dar cuenta que mi vista de lejos no era tan buena como yo pensaba, porque me amenazaron con sacarme por tomar una foto, porque recién llegué el señor ya mayor de edad que estaba sentado a un lado mío no dejaba de quejarse o porque al final el señor y su esposa estaban llorando y me empecé a imaginar todas las razones por las que podrían estar llorando (la obra tiene un mensaje fuerte en cuanto a la relación abuela-nieta). Obvio lloré por la emoción, por la historia y todo lo que plasmo de mi vida en ella. Pero muy en el fondo sé que también lloré porque me arrepentí. 
Y tal ves si me hubiera ido por el asiento que yo quería las cosas hubieran sido diferentes. Tal ves mejor, o incluso peor. Pero de lo único que sí estoy segura, es que todas esas posibilidades son tan sólo un “hubiera”. 


OTHER TALES

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar